No me pidas que no grite

Foto Facebook/Paro de Mujeres Colima 

 

 

No pido favores para mi sexo.

Todo lo que pido de nuestros compañeros

 es que quiten sus pies de nuestros cuellos.

 

Ruth Bader Ginsburg (1933-2020) 

Magistrada de la Corte Suprema de Estados Unidos

 

¿Quién gritará por las diez mujeres muertas cada día? ¿Quién lo hará por la niña que está siendo violada en este momento por su padre, padrastro, tío, hermano, vecino, maestro? ¿Quién, por la anciana que ha sido maltratada durante 40 años? ¿Quién elevará la voz por la estudiante desaparecida? ¿Quién, por la prostituída? ¿Quién por la que es grabada clandestinamente y “quemada” en las redes? ¿Quién, por la muchacha tirada en el cañaveral? ¿Quién alzará la voz por el niño abusado en la sacristía, la niña indígena tirada a un barranco, la estudiante violada en un aula? ¿Las niñas de once años embarazadas?

Las mujeres que gritamos nos “descomponemos”, somos difíciles, nos volvemos fieras, nos dicen traumadas; Los hombres que gritan ejercen su masculinidad. Gritan porque viva la patria, gritan porque les pertenece gritar; gritan porque es su marca de posesión. 

Normalizamos el grito del dominio masculino dentro y fuera de los hogares. Las mujeres aprendemos a hablar para que luego nos domestiquen para hacerlo en voz baja, en tono de comedimiento, en el susurro, en el silencio. Para aceptar, para justificar, para tolerar.

¿Cuál mujer puede decir que no ha sufrido algún tipo de violencia machista personal, social o institucional a lo largo de su vida? Según la Organización de Naciones Unidas, una de cada tres mujeres del mundo sufre violencia sexual o física, en su mayoría, por parte de su pareja. En México, diversas instancias han documentado que todas las mujeres del país han sufrido algún tipo de violencia machista ya sea en su familia de origen, en la escuela, en el trabajo, en la calle, en su familia de destino. Entonces ¿por qué debemos callar? ¿por qué se nos pide conservar la voz baja?

Durante la pandemia han aumentado todos los tipos de violencia contra las mujeres de acuerdo a las cifras oficiales: abuso sexual creció 10%; acoso u hostigamiento sexual, 17%; violación 8%; violencia familiar 6.4%. En Nayarit, de enero a junio de 2020, 22 mujeres han sido asesinadas durante el confinamiento: siete han sido víctimas de feminicidios; cinco han sido asesinadas de homicidio doloso, diez de homicidio culposo, según datos del Sistema Nacional de Seguridad Pública. Se prevee un aumento en embarazos de adolescentes. 

He conocido mujeres lastimadas tan profundamente que es impensable que alguna vez, hayan albergado sueños. He conocido otras golpeadas físicamente por la pareja. He tenido contacto con jóvenes, a lo largo de casi 40 años de docencia, cuyos secretos familiares podrían documentar telenovelas de la ignominia. Conozco narrativas generacionales de mujeres vejadas, esterilizadas, anuladas, tiradas a los basureros.

A las que les han dicho que no sirven para nada; a las que les han robado el futuro al plantarles una maternidad no deseada; a las que les han cerrado las puertas; a las que hacen sentir inferiores; a las que dejan sin sustento; a las que les quitan los hijos; a las que les niegan justicia; a las que culpan; a las que insultan como tontas, inútiles, incapaces; a las que desaparecen; a las que violentan cuando llegan a cargos públicos. A todas ellas y por todas ellas, gritamos. 

Gritamos porque contra las mujeres se ha instaurado una guerra de baja intensidad que socaba la energía vital de las mujeres. 

Gritamos ante el Estado cómplice de la violencia machista; ante las instituciones educativas que reproducen la desigualdad y la violencia; ante la ciencia que argumenta la biologización de la inferioridad; ante las filosofías que justifican la complementariedad de las mujeres;  ante las religiones que se fundamentan en la malignidad de las mujeres; ante las teorías históricas, económicas, políticas, antropológicas que excluyen, niegan, anulan a las mujeres. 

Necesitamos gritar para que se oiga la voz colectiva de quienes no estamos de acuerdo en los dispositivos de la violencia contra las mujeres y las personas de la sexodiversidad. Necesitamos gritar porque las tesis, peticiones, ensayos, libros, películas, razonamientos que hemos elaborado colectivamente durante más de 200 años no han sido suficientes para aminorar la violencia machista. Ni siquiera para aminorar el peligro de las mujeres en la vida cotidiana;  ni siquiera para pensar que nuestras hijas puedan caminar en paz; ni siquiera para imaginar una mejor ciudad para mis nietas.

Por eso, gritamos. No me pidas que no raye las paredes. 

 

*Socióloga, Universidad Autónoma de Nayarit, correo: 

Publicado en Nayarit Opina, Tepic, Nayarit, septiembre 22 de 2020.